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Teodoro Martín
de Molina
"VIVIR PARA TI" ... "LLEVABA TODA LA VIDA entregada al hijo, a su único hijo. Enviudó joven, no había cumplido aún los 25. Una vez se marchó el marido hubo de ingeniárselas para sostener a la familia que, casi recién formada, se había quedado sin cabeza. La enfermedad y los gastos del sepelio se llevaron el poco dinero que habían podido guardar en los escasos tres años de matrimonio. El día en que le dijo la misa de difunto, al cumplirse el mes de su muerte, el sacerdote aceptó como limosna de culto las últimas diez pesetas que Ascensión guardaba. Iba con el pequeño Dieguito que a duras penas podía seguir los ligeros pasos de la madre, siempre con su erguido caminar. Acababa de cumplir los dos años y no dejaba a la madre ni a sol ni sombra. Ella, para que le permitiera hacer las faenas propias o en casa de las señoras a las que acudía a diario, le dejaba un par de monedas de 10 céntimos con las que el niño se entretenía jugando a lo que veía en los mayores: la cuarta pared, las charpas, cara o cruz... El angelito se distraía ganándose a sí mismo y perdiendo consigo mismo una de las dos monedas. Procuraba que fuese su otro yo al que normalmente le tocara perder la moneda, después la recuperaba y… vuelta a empezar. Diversiones de niño, pensaba la madre". ... "LA VISITA DEL GOBERNADOR" ... "Era ya cerca del mediodía y pasaba más de una hora del horario previsto para la llegada. ―La gente importante siempre se hace esperar ―comentaba el depositario. ―Siempre surgen temas de última hora que hacen que se tenga que retrasar un poco la salida, lo cual, impepinablemente, conlleva un retraso en la llegada ―aseguró el secretario al alcalde. ―Seguro que la gobernadora es la responsable de la tardanza. Como todas las señoras de postín habrá tenido que emperifollarse, y eso se lleva su tiempo ―le comentaba con cierta malicia a la alcaldesa la esposa del comandante de puesto de la guardia civil. ―Podíamos rezar el Santo Rosario, así la espera se haría más llevadera y ganaríamos indulgencias para pasar menos tiempo en el Purgatorio ―invitaba al grupo de mujeres que lo rodeaba el párroco del pueblo―, aunque el Purgatorio parece que lo estamos empezando a sufrir en propias carnes con esta espera ―apostilló en voz baja y con cierta sorna antes de comenzar a recitar el primero de los misterios gloriosos, pues era miércoles el glorioso día en el que su Excelencia ¡por fin! visitaría el pueblo. Mientras los mayores no cesaban en sus comentarios sobre la tardanza del Gobernador y los motivos a los que se debería, un grupo de niños descubrió la bolsa de caramelos que, custodiada por uno de los alguaciles, estaba preparada para que el Gobernador y el alcalde los repartiesen entre los pequeños que se acercaran a saludarlos en el trayecto. Estos pillines no esperaron y dieron buena cuenta de ellos antes de lo previsto, el alguacil estaba más pendiente de su nuevo uniforme que de vigilancias “caramelíes”. ...
"RISAS Y BESOS" ... "Vestía una chaqueta de la que su menudo cuerpo dejaba sin ocupar dos o tres tallas como mínimo. Los pantalones, con un par de vueltas en los bajos, los sujetaba a la cintura un cordón blanco que hacía las veces de cinturón. Al andar se apreciaba el arqueo de sus piernas —reminiscencia de raquitismo infantil—. Se movía con pasos cortos y titubeantes. Iba tocado con un sombrero de fieltro que por la época del año, verano recién inaugurado, daba a entender que era la única prenda de la que disponía para cubrirse y mitigar el sol, que no el calor; lo llevaba echado hacia atrás y dejaba ver un rostro bonachón cubierto de una poblada barba de color oscuro veteada de ligeros mechones de algodón. Ojos vivos detrás de unas lentes redondas, labios carnosos y lengua caudalosa: —Sí, sí. Y dirán que soy un pobretón, pero, ya, ya. Muchos quisieran tener lo que yo tengo. Lo reparto por todos lados, me sale sin darme cuenta. Doy y recibo, recibo y doy. Usted, jovencita, ¿está necesitada de amistad por encontrarse lejos de su país? —Se dirigía a una joven de rasgos asiáticos—. Pues yo se la puedo proporcionar por el módico precio de una muestra de afecto. Aquí, en este bolsillo —mostraba el gran bolsillo derecho de su chaqueta, completamente vacío— guardo miles de sonrisas con las que me pagaron otros tantos ofrecimientos de amistad —la joven, sin saber muy bien por qué, le sonrió—. Hala, pues ya tengo otra más. Cuando me encuentre en mi hogar, triste hogar, buscaré su sonrisa y seguro que me hará esbozar otra de felicidad. Aquí en este otro bolsillo —señalaba al izquierdo— almaceno los besos que he recibido en la última semana, los anteriores los tengo en una gran mochila que me regaló el mayor de los hijos, aquel al que le di un beso hace no sé cuántos años y del que aún mantengo en mis labios el sabor del sudor frío de su frente. No lo he vuelto a ver, saben ustedes, se fue, se fue a…" ... "LA FUERZA DE LA COSTUMBRE" ... "«¡Hola!» «¡Hola!» «¡Qué alegría!» «¡Cuánto tiempo!» «¿Qué tal?» «¿Cómo te va?» «Y... ¿tú por aquí?» «Ya ves, voy de camino a Málaga y como Pepita, recuerdas: la menudita aquella de mil pecas y trenzas larguísimas, me dijo que tenías una casa a la salida de su pueblo... pues, ya ves...» Continuó la conversación por largo tiempo. Él siguió con las tareas. «¿Congelo las chuletas?» «¡Déjalas en el frigorífico, ahora voy yo!» Le respondió desde el saloncito. La conversación prosiguió tras la cena. «¡Anda, no seas tonta! Quédate, descansa, y mañana con el fresco sigues el camino». Y se quedó. La única cama con somier de láminas y colchón de muelles era la de ellos. Retiraron sus pijamas de debajo de la almohada. Cambiaron las sábanas y... «Hasta mañana, que descanséis». «Lo mismo decimos, hasta mañana». Habían tomado unas cuantas cervezas, él más que ellas: hablaba menos y bebía más. Después del primer sueño la vejiga pedía a gritos vaciarse. Medio somnoliento saltó del colchón de gomaespuma, se plantificó ante el inodoro y casi se queda dormido de pie después de evacuar hasta la última gota de aquello que filtrara sus riñones. Tras salir del baño, como siempre, se acurrucó tras las nalgas femeninas. Se abrazó por detrás esperando su conocida reacción y respuesta —«No te eches, que hace mucho calor»—, antes de darse media vuelta para seguir durmiendo, pero la reacción no se produjo. La comenzó a palpar bien, tanto que ella empezó a responder, mas no del modo acostumbrado. Sorprendido, aquello hizo que se despabilara un poco. Entonces fue consciente de dónde estaba. Y no solamente se despabiló él, sino que esa recepción inesperada también tuvo un efecto similar en la parte más sensible de su anatomía varonil, tanto que hasta él mismo se sorprendió. No digamos aquella que notaba el efecto mencionado." ... "PRIMERA COMUNIÓN" ... "El rubor se iba apoderando cada vez más y más del rostro del niño. De pronto, los pómulos y, arrastrada por ellos, toda su cabeza estallaron y se esparcieron en pequeños trocitos de piel y carne blanda y rojísima por el recinto eclesial salpicando los vestidos de los asistentes y dando la impresión de que una epidemia de viruela había sobrevenido a los ocupantes del templo. Sin cabeza, y a tientas, abandonó el banco y se puso a buscar las distintas partes del rostro diseminadas por la nave central. Tuvo fortuna. Al vuelo alcanzó su ojo derecho antes de que el globo ocular con sus dos humores se estampara en una de las columnas convirtiéndose en minúsculas partículas sólidas y fluidas. Con este ojo en la mano se puso a buscar el otro, y también lo encontró antes de que chocara con algo o con alguien. Con ambos ya le fue más sencillo encontrar los pequeños trocitos de nariz, de orejas, de frente, barbilla… Como si de un puzle se tratara pudo ir reconstruyéndose a sí mismo. Mas por mucho que buscaba no encontraba ni siquiera un pedacito de la lengua, pensó que se la habría tragado junto con la hostia. Salió de su error cuando la descubrió dividida en diminutas porciones adheridas a los rostros de los compañeros de banco. Cuando estaba a punto de sucumbir ante la sobrevenida desgracia, un par de cachetadas cariñosas le hicieron volver al punto en el que se encontraba unos segundos antes. Se palpó la cara y mordió suavemente la lengua. Respiró algo más tranquilo. No obstante, al abrir los ojos siguió apreciando un sin número de puntitos rojos en los rostros de los que lo rodeaban." ... |